En la solemnidad de San Vicente de Pa√ļl
En la solemnidad de San Vicente de Pa√ļl Por Jos√© Antonio Ubill√ļs Lamadrid, C.M.

Esta solemnidad es una magnífica ocasión para traer a nuestras mentes y, sobre todo, a nuestros corazones como hacen los hijos buenos y agradecidos con sus padres, la figura, la imagen, la vida de nuestro padre fundador; imagen y figura que fue de carne y hueso, como nosotros; una vida en la que se hizo presente la debilidad y la fortaleza, lo humano y lo sobrenatural.
Personalmente, me gusta comparar la vida de Vicente de Pa√ļl a un camino, un camino espiritual, que suelo dividir en dos grandes etapas.
La primera, que va desde 1581 a 1610, es decir desde su nacimiento hasta su llegada a Par√≠s, corresponde a un tiempo en el que la naturaleza humana est√° sobre la gracia o el Esp√≠ritu, es decir, un tiempo en el que la debilidad humana es m√°s fuerte que la gracia. Si bien de ni√Īo Vicente fue modesto y de adolescente piadoso; de joven, incluso ya sacerdote, se mostr√≥, sin embargo, con ambiciones materiales y horizontes reducidos.
La segunda, que va del a√Īo 1610 hasta su muerte, es una etapa en la que, gracias a la apertura libre al amor gratuito del Se√Īor, el Esp√≠ritu se sobrepone a la naturaleza humana; es la etapa en la que providencialmente Dios lo puso en medio de los pobres y lo hizo caer en la cuenta que la misi√≥n de un sacerdote tiene como fin prioritario, como sucede con la misi√≥n de Jesucristo, evangelizar y servir a los pobres y marginados, y desde √©stos a todos los dem√°s.
Posteriormente, él expresaba esta experiencia del modo siguiente:
"Si, nuestro Se√Īor pide de nosotros, dec√≠a a los misioneros, que evangelicemos a los pobres: es lo √©l hizo y lo que quiere seguir haciendo por medio de nosotros. Tenemos muchos motivos para humillarnos en este punto, al ver que el Padre Eterno nos destin√≥ a lo mismo que destin√≥ a su Hijo, que vino a evangelizar a los pobres y que indic√≥ esto como se√Īal de que era el Hijos de Dios y de que hab√≠a venido el mes√≠as que el pueblo esperaba (lc.4,18; Mt.16,26)...No hay en la Iglesia de Dios una compa√Ī√≠a que tenga como lote a los pobres y que se entregue por completo a los pobres... y de esto es lo que hacen profesi√≥n los misioneros: lo especial suyo es dedicarse, como Jesucristo, a los pobres. Por tanto, nuestra vocaci√≥n es una continuaci√≥n de la suya, o, al menos, puede relacionarse con ella en sus circunstancias. ¬°Qu√© felicidad, hermanos m√≠os!, ¬°Y tambi√©n, cu√°nta obligaci√≥n de aficionarnos a ella!...
Y a√Īade:
"...dar a conocer a Dios a los pobres, anunciarles a Jesucristo, decirles que est√° cerca el Reino de los Cielos y que este Reino es para los pobres ¬°qu√© grande es esto! Y el que hayamos sido llamados para ser compa√Īeros y para participar en los planes del Hijo de Dios, es algo que supera nuestro entendimiento, ¬°qu√© hacernos!... no me atrevo a decirlo...s√≠, evangelizar a los pobres es un oficio tan alto que es, por excelencia, el oficio del Hijo de Dios! Y a nosotros se nos dedica a ello como instrumentos por los que el Hijo de Dios sigue haciendo desde el cielo lo que hizo en la tierra..." (SVP XII,80).
Fueron, por consiguiente, los pobres quienes lo llevaron a descubrir que Jesucristo, además de ser adorador del Padre, es también misionero del Padre, es decir, enviado para anunciar la Buena Nueva del Reino a los pobres. A este Cristo San Vicente se abraza con todo su corazón y toda su alma, y, en adelante se convertirá en carne de su carne y hueso de sus huesos. No se trata de una experiencia intimista, una experiencia que se queda en el puro encuentro sin ir más allá. ¡De ninguna manera! Jesucristo lo pone en camino para continuar su misión evangelizadora y servidora de los pobres.
Entra San Vicente en la doble vertiente de la vida de Cristo. Por una parte quiere continuar la misión de Cristo en cuanto manifestación de la infinita misericordia de Dios hacia el hombre, hacia los pobres, y por otra intenta seguir a Cristo en su amor hacia el Padre, en su intento de dar la vida por los demás. Ambas dimensiones se implican mutuamente en la vocación de San Vicente, que resulta así inseparable del amor y servicio de los pobres: "Es preciso, manifiesta a los misioneros, que sepamos enternecer nuestros corazones y hacerlos capaces de sentir los sufrimientos y las miserias del prójimo, pidiendo a Dios que que nos dé el verdadero espíritu de misericordia, que el espíritu propio de Dios: Pues, como dice la Iglesia, es propio conceder misericordia y dar espíritu" SSVP XI, 341; E.S. xi, 233-234).
Esta experiencia contribuir√° grandemente para que Jesucristo y los pobres se convirtieran para Vicente de Pa√ļl en las dos m√°s grandes pasiones de su vida.
Un verdadero místico de Jesucristo evangelizador y servidor y, por ende, un místico de la cardad. En los pobres, despreciables a los ojos del mundo, contempla los representantes de Jesucristo.
"...Al servir a los pobres, decía a las Hijas de la Caridad, se sirve a Jesucristo, Hijas mías, ¡Cuánta verdad es esto! Sirven a Jesucristo en la persona de los pobres.Y esto es tan verdad como que estamos aquí. Una hermana irá diez veces cada día a ver a los enfermos, y diez veces cada día encontrará en ellos a Dios.
Como dice San Agust√≠n, lo que vemos no es tan seguro, porque nuestros sentidos pueden enga√Īarse; pero las verdades de Dios no enga√Īan jam√°s. Vayan a ver los pobres condenado a cadena perpetua, y en ellos encontrar√° a Dios. ¬°Hijas m√≠as, cu√°n admirable es esto! Van a unas casas muy pobres, pero all√≠ encontrar√°n a Dios. Hijas m√≠as, una vez m√°s, ¬°cu√°n admirable es esto!" (SV IX,240).
Y a las hermanas que van a partir a una misi√≥n, les dice: "Entonces, ¬Ņpara qu√© tienen que ir a ese sitio? Para hacer lo que nuestro Se√Īor hizo en la tierra. Para imitarlo, ustedes devolver√°n la vida a las almas de esos pobres heridos con la instrucci√≥n, con sus buenos ejemplos, con las exhortaciones que les dirigir√°n para ayudarlos a bien morir o recobrar su salud, si Dios quiere devolv√©rsela. En el cuerpo, les devolver√°n la salud con sus remedios, cuidados y atenciones. Y as√≠,mis queridas hermanas, har√°n lo que el Hijo de Dios hizo en la tierra. ¬°Qu√© felicidad!".
Tambi√©n a las Damas de la Caridad (hoy llamadas Voluntarias Vicentinas) las anima dici√©ndoles: "El mismo Cristo quiso nacer pobre, recibir en su compa√Ī√≠a a los pobres, ponerse en lugar de los pobres, hasta decir que el bien y el mal que hacemos a los pobres los considera como hechos a su divina persona... ¬ŅY qu√© amor podemos tenerle nosotros a √Čl sino amamos lo que √Čl am√≥? No hay ninguna diferencia, se√Īoras, entre amarle a √Čl y amar a los pobres de ese modo, servir bien a los pobres, es servirle a √Čl...(SVP X; 954-955).
Todo esto, pues constituye el camino en el que Vicente de Pa√ļl tuvo una experiencia humana y espiritual, de pecado y de gracia. Una experiencia en la que al final el amor gratuito del Se√Īor triunfa sobre el pecado y convierte a nuestro fundador, no en un √°ngel, sino en un santo, "el santo del gran siglo", como lo llam√≥ uno de sus bi√≥grafos. El Cristo del siglo XVII, como lo llaman otros.
Pienso, por √ļltimo, que este camino espiritual vicentino es un desaf√≠o para todos nosotros, que constituimos la Familia Vicentina. Nuestra tarea hoy es asumirlo y empezar a recorrerlo. En primer lugar, desterrando, con la ayuda del amor del Se√Īor, toda tentaci√≥n de pecado que pretenda encerrarnos en el ego√≠smo y en ambiciones puramente humanas y materiales, y, en segundo lugar, entrando en comuni√≥n con Jesucristo para que con un gran esp√≠ritu de libertad, como lo hizo San Vicente, nos identifiquemos con su persona con su misi√≥n de evangelizar y servir a los pobres y marginados de este mundo, de tal manera que, como sucedi√≥ con el se√Īor Vicente, Cristo y los pobres se conviertan un d√≠a en las dos grandes pasiones de nuestra vida, que nos permitan hacer de nuestra congregaciones, asociaciones y grupos vicentinos al mismo tiempo que verdaderos movimientos espirituales, verdaderos movimientos apost√≥licos, evitando as√≠ que sean como una especie de empresas u ONGS, que dan a sus miembros trabajo y compromiso, pero no ESP√ćRITU, y que √©ste lo busquen en otros movimientos y/o congregaciones que est√°n muy lejos o no tienen nada que ver con el esp√≠ritu vicentino.
Que en esta tarea tan humana y espiritual, tan hermosa y noble, nos sintamos acompa√Īados permanentemente por el Esp√≠ritu del Se√Īor y por la maternal presencia de Mar√≠a Milagrosa.
Por √ļltimo, quiero compartirles un brev√≠simo, pero muy profundo poema de Don Pedro Casald√°liga, obispo em√©rito de la di√≥cesis de San F√©lix de Araguaia, Brasil, eximio poeta de los pobres. Dice as√≠:
Cuando al final de los tiempo el Se√Īor me pregunte: ¬ŅHas amado? Y yo le mostrar√© mi coraz√≥n lleno de nombres.
Ese fue Vicente de Pa√ļl: amor y coraz√≥n lleno de nombres. Eso debemos ser  nosotros los vicentinos y vicentinas de hoy y siempre.

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(Soy P. Juan Jose Mendoza)