LA FE RECUPERADA AL SERVICIO DE LOS POBRES
LA FE RECUPERADA AL SERVICIO DE LOS POBRES 14/08/2019 ESPIRITUALIDAD VICENCIANA.

En adelante el camino es claro, el Se√Īor Vicente sabe que no tiene que hacer m√°s que ponerse a disposici√≥n de Dios para continuar la misi√≥n de Jesucristo: llevar la Buena Nueva a los pobres. No puede soportar la situaci√≥n que hab√≠a de reprocharle un d√≠a un protestante como obst√°culo al reconocimiento de la iglesia cat√≥lica: "Se ve de un lado a los cat√≥licos del campo abandonados a pastores viciosos e ignorantes que no han sido instruidos sobre sus deberes, sin que sepa la mayor√≠a de ellos siquiera lo que es la religi√≥n cristiana; y del otro se ven ciudades llenas de sacerdotes que no hacen nada".

Mucho hace el Se√Īor Vicente por no ser uno de esos sacerdotes ociosos en peligro de perderse, mientras que el pobre pueblo perece en la ignorancia de las verdades necesarias para la salvaci√≥n, y en la privaci√≥n de los bienes m√°s necesarios para la subsistencia, pobre pueblo, siempre v√≠ctima de las guerras que entre s√≠ se declaran sin cesar los grandes: "Debemos correr en auxilio de las necesidades de nuestros pr√≥jimos como a un incendio".

Ese giro decisivo de su existencia, lo toma √©l a su manera: "firme e invariable en el fin, suave y humilde en los medios". No rompe brutalmente todo lazo con los grandes de este mundo. De 1613 a 1625, le hallamos en la familia de los Gondi como preceptor de los ni√Īos; pero en 1616 renuncia a la abad√≠a de San Leonardo, y en 1617, con ocasi√≥n de desplazarse al campo la familia de los Gondi, predica en Folleville su primer serm√≥n de misi√≥n popular. Luego, adscribi√©ndose algunos buenos sacerdotes, multiplica las misiones estableciendo, por dondequiera que pasa, "Caridades" que agrupan a algunas personas dispuestas a aliviar de forma duradera las necesidades de los m√°s pobres. Desde 1625 multiplica las iniciativas; funda los Sacerdotes de la Misi√≥n, establece las Hijas de la Caridad, crea obras en pro de los ni√Īos abandonados, de los galeotes, de las regiones devastadas por la guerra. En 1649 incluso, en plana Fronda, viaja a Saint-Germain-en-Laye, ve a la reina y a Mazarino, y pide a este √ļltimo abandone Francia por el bien de la paz.

Aunque est√° del todo consagrado a los pobres, no desprecia por eso a las "personas de calidad" que la primera etapa de su existencia sacerdotal le ha permitido conocer; seg√ļn la capacidad y recursos de √©stas, p√≥nelas consigo al servicio de los pobres; su torpeza es a menudo grande para los humildes servicios que estos √ļltimos precisan en su indigencia o en sus enfermedades; por esos establece las Hijas de la Caridad, comenzando con "una pobre chica de Suresnes que se dedicaba a instruir a los pobres, y que hab√≠a aprendido a leer mientras guardaba las vacas"; pero no descarta por eso a las grandes se√Īoras de la "Caridades" de Par√≠s; haciendo que sus Hijas ayuden a √©stas, las forma y emplea de acuerdo con lo que pueden; una viuda de la buena burgues√≠a, Luisa de Marillac, llegar√° a ser la primera responsable de las Hijas de la Caridad.

En lo que a √©l toca, pese a la multiplicidad de sus empresas, pese a sus enfermedades y a su edad, considera seguir siendo su primer deber "ocuparse sin tregua en la instrucci√≥n del pobre pueblo". Cuando se desplaza instruye, al hacer alto, a los que encuentra en las posadas. Cuando se ve imposibilitado, no intenta descargarse de esa misi√≥n: "En cuanto a m√≠, pese a mi edad, ante Dios, no me siento excusado de la obligaci√≥n que tengo de trabajar en la salvaci√≥n de la pobre gente; ¬Ņpues qui√©n podr√≠a imped√≠rmelo? Que no puedo predicar todos los d√≠as, ¬°pues bien! lo hago dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes p√ļlpitos, intentar√© subir a los peque√Īos; y si ni siquiera se me oye desde los peque√Īos, ¬Ņqui√©n me impedir√° hablar buena y familiarmente a esas buenas personas como os hablo ahora a vosotros, poni√©ndoles en torno a m√≠, como vosotros est√°is?".

En el transcurso de este largo y fecundo período que termina su existencia, na parece ya conmocionar la fe recuperada que comparte en toda ocasión con quienes la Providencia pone en su ruta, quienes quiera que sean.

Queda, sin embargo, marcado por el recuerdo de las dolorosas horas de tinieblas.
Es lo que explica sin duda su cuidado riguroso por una fe justa y su desconfianza de una "ciencia" teológica más o menos aventurada. El mismo nos ayuda a comprenderle: "Toda mi vida he temido encontrarme en el foco de alguna herejía.
Siempre he tenido este miedo de hallarme envuelto en los errores de alguna nueva doctrina, antes de percatarme de ello. Sí, toda mi vida he temido eso".

Pero conserva la paz hasta sus postreros instantes. En 1660 le resulta imposible celebrar y debe contentarse con o√≠r misa. Muy pronto aumentan sus sufrimientos y el menor movimiento se le hace penoso. √ďyesele entonces suspirar: "Ay ¬°Salvador m√≠o! ¬°mi buen Salvador!".

Conserva, sin embargo, el control de la comunidad, y prosigue la misma vida de todos los d√≠as, seg√ļn que se lo permita su salud; en torno a √©l comienza a decirse que no le queda mucho tiempo de vida y que va a morir muy pronto; dice entonces por qu√© no var√≠a en nada sus h√°bitos, para que nadie se escandalice de no verle hacer preparaci√≥n extraordinaria: "Hace dieciocho a√Īos que no me acuesto, sin antes ponerme en disposici√≥n de morir esa misma noche".

El 25 de septiembre, hacia mediod√≠a, cae en un pesado sopor; cunde la inquietud y se le pregunta por ese sue√Īo extraordinario del que se le saca; responde sonriendo: "Es el hermano que va a esperar a su hermana".

Aludía así a la muerte.

La agon√≠a comienza la noche del 26 al 27; se le sugieren piadosas invocaciones que comienza a repetir; pero se fatiga: "Basta", dice, y luego contin√ļa: "Credo, Spero,Creo espero. Jes√ļs".

Hacia las cuatro y media de la ma√Īana, muere en su sill√≥n, junto al fuego, vestido, sin esfuerzo ni convulsi√≥n, con el rostro pleno de calma.

Dios mío, lo bueno que sois.

El Se√Īor Vicente no escribi√≥ largos tratados ni disert√≥ prolijamente sobre Dios.
Pero hablaba de √©l continuamente y sobre todo, no cesaba de hablarle. Aun cuando conversa con los hombres, est√° siempre en conversaci√≥n con Dios. Le interpela. Le toma por testigo. Se admira: "Dios m√≠o, ¬°lo bueno que sois! Dios m√≠o, ¬°lo bueno que sois, si Monse√Īor Francisco de Sales, criatura vuestra, tan lleno est√° de bondad¬°".

Tales propósitos son característicos del sesgo de su fe. El conocimiento de Dios creador no es para él una noción abstracta; sino que toma ocasión de todo lo que descubre de bueno para remontarse a la fuente de toda bondad. Es para él un descubrimiento nunca terminado, al paso de los acontecimientos y de las situaciones, y no cesa de admirarse.

Ese mismo movimiento se encuentra en su manera de celebrar la hermosura de Dios: "¬ŅQu√© hay de comparable a la hermosura de Dios, que es el principio de la belleza y perfecci√≥n de las criaturas? ¬ŅNo es de √©l de quien reciben su brillo y su belleza las flores, los p√°jaros, los astros, la luna y el sol?".
Cuando evoca el misterio de la Sant√≠sima Trinidad, es sobre todo para recordar la importancia de darlo a conocer, pues sabe c√≥mo afirman ciertos doctores que su conocimiento expl√≠cito es necesario para la salvaci√≥n. Esa es la recomendaci√≥n que √©l hace con claro: "Debemos aficionarnos todos mucho a no dejar pasar ocasi√≥n alguna de ense√Īar este misterio". Pero √©l mismo no da una ense√Īanza expl√≠cita sobre esa materia que no sea, por ejemplo, figur√°ndose una comparaci√≥n, de paso, para animar a las Hijas de la Caridad a que vivan el unidad.

Una relación habitual con Dios.

No se reduce para el Se√Īor Vicente el conocimiento de Dios a un conjunto de nociones exactas; a√ļn cuando estime esa exactitud, lo vive. Aquel a quien as√≠ conoce no es para √©l un extra√Īo, sino Alguien con el que est√° constantemente en relaci√≥n personal y cuyo conocimiento ilumina todo lo que hace. Si un hermano, por ejemplo, le interrumpe en una conversaci√≥n con un asunto temporal; al reanudar luego la pl√°tica: "Veis, Se√Īor, dice, c√≥mo de las cosas de Dios de las que ahora habl√°bamos, tengo que pasar a los asuntos temporales; y eso a ejemplo de Dios que, estando toda la eternidad ocupado en engendrar a su Hijo, y el Hijo y el Padre en producir al Esp√≠ritu Santo, adem√°s de eso, digo, de esas acciones divinas ad intra, cre√≥ el mundo ad extra y se ocupa continuamente de conservarlo con todas sus dependencias".

Encuentra uno aqu√≠ las formulaciones tradicionales de la teolog√≠a; pero si se quiere en realidad saber qu√© era para √©l la Trinidad, hay que o√≠rle hablamos del Padre, decimos qui√©n es para √©l Jesucristo, ense√Īamos el discernimiento de esp√≠ritu que permite reconocer al Esp√≠ritu de Dios. Y nos lo dice a la manera misma de Dios, descubierta en la oraci√≥n y en el Evangelio: "Dios es una fuente inagotable de sabidur√≠a, de luz y de amor; hay que salir de si mismo para entrar en Dios; hay que consultarle para aprender su lengua. Cuando Nuestro Se√Īor trataba con los hombres, no hablaba por propia iniciativa; Mi ciencia, dec√≠a, no es m√≠a, sino de mi Padre; las palabras que os digo no son m√≠as, sino que son de Dios. Eso nos ense√Īa que hemos de recurrir a Dios, para que no seamos nosotros quienes hablemos ni obremos, sino que sea Dios".

Vicente mismo dio ejemplo de lo que aquí recomienda; y es este conocimiento sabroso de Dios lo que nos transmite en palabras sencillísimas cuando nos habla de la bondad del Padre y de su Providencia.

Estimar a Dios.

"Dejemos hacer a Dios, recomienda a las Hijas de la Caridad, pues nos ama con mayor ternura que un padre a su hijo. Adem√°s, ¬Ņqu√© haremos, qu√© ganaremos con no tener confianza en Dios? ¬°Ay! No somos capaces de guiarnos a nosotros mismos. Hay que dejar hacer a Dios, pues es nuestro Padre. Y as√≠, mientras tengamos confianza en Dios, tendr√° √©l cuidado de nosotros. Ay, hijas m√≠as, si os abandon√°is a la gu√≠a de la Providencia. Dios tendr√° cuidado de vosotras; os llevar√° como de la mano en las situaciones m√°s enojosas; si est√°is enfermas, os consolar√°; si est√°s presas, estar√° a vuestro lado para defenderos; si sois flacas, √©l ser√° vuestra fortaleza. Y as√≠ no ten√©is m√°s que dejar que os gu√≠e Nuestro Se√Īor.
Estad listas para hacer cuanto él quiere que hagáis. No temáis ir adonde os envíe. Creed que en todas partes Dios tendrá cuidado de vosotras".

Y se refiere, seg√ļn su h√°bito, al Evangelio: "As√≠ es como se inici√≥ la iglesia. Los ap√≥stoles eran todos gente pobre, no sab√≠an nada, iban descalzos, no llevaban cayado. Y sin embargo ¬°qu√© no hicieron con la gracia que Nuestro Se√Īor les dio! Convirtieron a todo el mundo".

El Se√Īor Vicente se admira ante lo que descubre de la acci√≥n de Dios a trav√©s de los hombres que se dejan guiar por √©l; ese reconocimiento le estimula acrecer siempre m√°s en lo que llama la estima de Dios: "Apliqu√©monos, hermanos m√≠os, a concebir una muy grande estima por la majestad y por la santidad de Dios. ¬°Oh! si tuvi√©semos una mirada tan sutil, que penetrase un poco en lo infinito de su excelencia, ¬°oh Dios m√≠o, oh hermanos m√≠os, qu√© sentimientos tan grandes tendr√≠amos! Dir√≠amos que los ojos jam√°s vieron, ni los o√≠dos oyeron, ni los esp√≠ritus comprendieron nada semejante. Es un abismo de dulzura, un ser soberano y eternamente glorioso, un bien infinito que comprende todos los bienes; todo es all√≠ incomprensible. Ahora, la certeza que tenemos de que est√° por encima de todo entendimiento debe bastarse a hac√©rnoslo estimar infinitamente..., y en la medida en que lo estimemos, le amaremos tambi√©n y este amor producir√° en nosotros un deseo insaciable de reconocer sus beneficios y de procurarle verdaderos adoradores".

La mirada de fe que el santo dirige a los hombres y a los acontecimientos le provoca continuamente a la contemplaci√≥n y a la acci√≥n de gracias, y esta mirada a Dios le remite a los hombres para compartir con ellos el amor infinito as√≠ descubierto; no puede guardarlo para s√≠; encuentra acentos chocantes para evocar la ternura ben√©vola de esta bondad cuya experiencia realiza constantemente: "√Ānimo, ¬°Dios sea loado! y glorificado por siempre. ¬°Oh! S√≠, hermanos m√≠os, una vez que Dios toma afecto a un alma, haga √©sta lo que haga, la sufre. ¬ŅNunca visteis a un padre con un ni√Īo peque√Īo al que ama mucho? Sufre a este peque√Īo todo lo que le hace, y hasta le dice a veces: Mu√©rdeme, hijo m√≠o. ¬ŅDe d√≥nde proviene eso? Es que ama a su hijito. Lo mismo hace Dios con nosotros, hermanos m√≠os".

Esta experiencia de Dios nos indica el camino que lleva a √©l y por el que no cesa de encaminar a los hombres: el abandono y el amor. Es, en boca del Se√Īor Vicente, un verdadero estribillo: "Creedme, Se√Īores y hermanos m√≠os, es una m√°xima infalible de Jesucristo, que de parte suya os he anunciado a menudo, que una vez vaciado de s√≠ mismo un coraz√≥n, Dios lo llena; es Dios quien mora y obra all√≠ dentro; y no seremos entonces nosotros quienes obremos, sino Dios en nosotros, y todo ir√° bien". "La caridad hace ir a Dios, repite a las Hijas de la Caridad; ella hace que le amemos con cuanto dan de si nuestros afectos, que deseemos le ame y sirva todo el mundo, que se conozca y ame esta eterna verdad, esta inmensidad, esta pureza, esta bondad, esta sabidur√≠a, esta providencia divina, esta eternidad en la que comunica su gloria a los bienaventurados y que hace se eleven a Dios continuas oraciones por todo el mundo".

Como siempre, no sabría separar amor de Dios y amor al prójimo, y eso es para él ocasión de comparaciones inesperadas: "Ese es nuestro espíritu; pero sobre todo la caridad para con Dios y el prójimo. Esas son las máximas a que debéis ateneros, declara a las Hermanas, sin acudir a otras, en apariencia buenas y aun mejores. Bueno sería ver a las Hijas de la Caridad tomar las máximas de las Carmelitas, que tienen un espíritu muy austero; y el vuestro es un espíritu de caridad, que os obliga a consumiros por el servicio del prójimo. Bueno sería ver a un obispo entrar en la cartuja, hacerse cartujo; no haría lo que Dios le pide, sino otra cosa. Esas prácticas son buenas para ellos, pero no para nosotros".


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(Soy P. Juan Jose Mendoza)